jueves, 25 de noviembre de 2010

Una niña de 85 años gana el Premio Cervantes




Afirma que “me falla la carrocería, pero la cabeza la tengo… tan mal como siempre” y no se detiene en paradojas ni componendas humorísticas cuando añade que “en mi cuerpo de 85 años habita una niña de 12”. A pesar del apellido de la ganadora, este año el Premio Cervantes no ha ido a parar de matute a cualquiera capaz de juntar letras con escasos méritos literarios, pero de sobrado servilismo político, como ha ocurrido otras veces, que este mercadillo de los galardones funciona de manera tal, sino que ha sido para la mujer que venía sonando como ganadora en tantas quinielas.

Ana María Matute, nacida en 1925, considerada posible ganadora del Nobel, cuando fue propuesta en 1976, se lleva el galardón y los 125.000 euros, nunca de despreciar, aunque ella dice que escribe porque es su manera de estar en el mundo, no para ganar premios. Don Miguel, padre del loco más cuerdo de cuantos hayan existido en las páginas negro sobre blanco, Alonso Quijano, aquel Quijote enamorado y peleón, buscador de Dulcinea del Toboso en la persona de Aldonza Lorenzo y desfacedor de entuertos, fueran o no gigantes como molinos, ya tiene otra Miguela con quien regocijarse en su particular Parnaso literario.

Tres mujeres han sido premiadas en las 36 ocasiones que se ha otorgado el considerado Nobel de la literatura escrita en español. Antes que Ana María, que escribe “porque es mi manera de estar viva”, lo recibieron la española María Zambrano (1904-1991), una mujer que vivió toda su existencia despidiendo olor a tabaco y a gato, animal que llegó a tener por docenas en cualquier casa donde viviera, filósofa y ensayista, discípula predilecta de José Ortega y Gasset (1883-1955), aquel que, rebelión de las masas aparte, decía que era él y su circunstancia, y Dulce María Loynaz (1902-1997), poeta cubana como quería que la llamaran, no poetisa, que pasó directamente a la Universidad sin haber estado en escuela alguna.

El jurado que decidió la suerte del Cervantes ha destacado en el acta que Ana María es “una escritora realista y con proyección a lo fantástico”, y Victor García de la Concha, presidente de la Real Academia, puso de manifiesto que “su clave está en la escritura de imaginación con un peculiar, femenino y revolucionario estilo”. Nadie ha dicho, por fortuna, que la suya es literatura de mujer para mujeres. Nos han ahorrado estupidez tal.

La escritura es “la terapia que me sirve para enfrentarme a un mundo que no me gusta ni en el que confío”. Lo primero que recuerda haber escrito es “un cuento cuando tenía cinco años, que ilustré con dibujos”. Era una niña tartamuda, acomplejada y enfermiza que dice haber sido salvada por la literatura: “Si no arranco a escribir, me muero”. Tal caso de precocidad literaria se puso de manifiesto cuando con diecisiete escribió “Pequeño teatro”, obra en la que abordaba el tema del suicidio, por completo tabú en aquella España. La editorial Destino le compró los derechos, pero no se publicó hasta 1954 cuando ganó con ella el Planeta.

Ana María podía haberse decantado por obras de las llamadas de contenido social, que para eso conocía, entre otros, a Ignacio Aldecoa (1925-1969), escritor de la cotidianeidad y la ternura, cuyos cuentos “Aldecoa se burla” o “Chico de Madrid” han quedado para la posteridad como obras maestras, Rafael Sánchez Ferlosio, nacido en 1929, cuya novela “El Jarama” supuso un antes y un después literario en nuestro país, y Carlos Barral (1928-1989), recordado editor, poeta y memorialista, la barba más conocida de los escribidores españoles después de la de Ramón del Valle Inclán (1866-1936). Sin embargo, prefirió ir llenando su universo literario de gnomos, unicornios, duendes, sueños y paraísos inhabitados, como la casa de muñecas que preside el salón de su vivienda.

Tenía diez años cuando comenzó la Guerra Civil con su carga de violencia, odio, muerte, miseria, angustia y pobreza, más jinetes del Apocalipsis que los cuatro bíblicos, y su infancia y juventud, marcadas por la barbarie, se reflejaron posteriormente en escribir sobre “aquellos niños asombrados que veían cosas terribles y, muy a pesar suyo, tenían que entender los sinsentidos que les rodeaban".

Nunca ha podido olvidar lo que vivió en aquellos años y en los inmediatamente posteriores, algo que ha reflejado en muchos de sus libros. Hay quienes consideran que su mejor obra es la trilogía “Los Mercaderes”, formada por “Primera memoria”, Los soldados lloran de noche” y “La trampa”. Cada una de esas novelas tiene un argumento propio, pero están unidas por aquella barbarie y el retrato de una sociedad dominada por el materialismo y el interés propio". Las vivencias de aquellos terribles años le han dejado huellas, algunas tan particulares como aborrecer los fuegos artificiales, “porque me recuerdan el estallido de las bombas y las carreras hacia los refugios”.

Las miserias de la posguerra se revelaban a sus ojos a través de Isabel Bartolomé, la cocinera. Analfabeta, Isabel le dictaba a Ana María las cartas para su familia, y la pequeña cobraba así consciencia de los padecimientos que tanta gente sufría. Aquellas historias contribuyeron a formar el espíritu crítico de la escritora que sería. Hoy manifiesta con rotundidad que su escritura “es una manera de protestar, de alzar la voz” y de que “ es esa voz la que he querido prestar, y he prestado, a quienes no la tienen ni han tenido”.

En 1952 se casó con el escritor Ramón Eugenio de Goicoechea, en contra de los deseos de su madre, que llegó a desheredarla. El matrimonio resultó ser un desastre: él no supo apreciarla ni como escritora ni como persona, y la separación, cuyos trámites inició ella, se consumó tras casi once años de convivencia. Tuvo que enfrentarse a la pérdida de la custodia de su hijo Juan Pablo, nacido en 1954, lo que le llevó a decir que “en aquellos años viví tantas cosas horribles que me tapan las buenas”.

"El Malo" era como llamaba Ana María a quien fue su marido. "Y no es que fuera malo, es que era peor". Fue una época en la que ella tenía que llevar el dinero a casa. Cambiaban continuamente de piso en alquiler. "Yo sacaba los duros de muchas maneras: escribía un cuento diario, empeñaba todo cuanto podía". Decía también que "El Malo era la quintaesencia del Café Gijón, en el que abundaban los escritores charlatanes, pintorescos e inútiles. Era listo, más listo que el hambre. Hasta su muerte, vivió siempre de los demás". Ana María afirma que en aquellos años "yo era soñadora, ridícula, tonta. Joven, en una palabra".

La escritora asegura que de aquella "mediocridad" que reinaba en la posguerra era ejemplo el Café Gijón. “Yo iba a rastras porque "El Malo" se empeñaba en que fuera, pero no entiendo esa fascinación por el café, que estaba lleno de mangantes, de lázaros, vagos y sinvergüenzas de todo tipo, gente sin el menor interés". Siempre le pareció "una cosa muy pequeña, muy provinciana, y en el fondo muy mezquina. Un pequeño mundo muy casposo, lleno de envidias, de resentimientos. Era como un casino de pueblo, con muchos viejos".

Ana María recuerda con desagrado a personajes que se daban cita en las mesas y tertulias del establecimiento, "aquellos horribles periodistas y escritores fascistas", entre los que incluye a Rafael García Serrano (1917-1988), cuyo “Diccionario para un macuto” fue un auténtico superventas en la España franquista, Rafael Sánchez-Mazas (1894-1966), uno de los fundadores de la Falange, miembro del segundo gobierno de Franco y creador del grito “¡Arriba España!”, y Eugenio Montes (1900-1982), otro fundador del partido de José Antonio Primo de Rivera (1903-1936).

Cuando recuperó a su hijo, tres años más tarde de haberse separado de “El Malo”, decidió hacer las Américas y ejerció como lectora en Indiana y Oklahoma. La Universidad de Boston estableció en 1969 la Ana María Matute Collection, donde se conservan algunos de sus primeros manuscritos.

Su gran amor fue el empresario francés Julio Brocard. Juntos viajaron alrededor del mundo compartiendo “pasión, respeto y devoción”. Uno de los recuerdos más preciados de la escritora es el de aquella noche en que hicieron el amor en un barquito en el río de las Perlas en Hong Kong. Ana María nunca ha querido redactar sus memorias por miedo a bloquearse al hablar de Brocard, fallecido en 1990. Fue el 26 de julio, el mismo día que ella cumplía 65 años.

Habría sufrido una profunda depresión en los 70, “sin saber por qué, tal vez porque la vida me cobraba todo lo que había sufrido”, que le paró en seco su producción literaria, algo que se vio acentuado con la pérdida de su compañero. Carmen Balcells, esa leyenda viva, la agente literaria que es bálsamo para los escritores y látigo para los editores, la convenció para que terminara algo que había empezado a escribir. El regreso de Ana María a la literatura fue algo tan esperado como impresionante, no defraudó. Después de casi 20 años, y tras haber tanteado el terreno con “La virgen de Antioquía”, publicó en 1996 su obra maestra, “Olvidado Rey Gudú”, un libro ya de culto, de ambientación medieval con elementos de la literatura fantástica, libro de caballería y cuento de hadas. Es el segundo título de la trilogía medieval que se completa con “La torre vigía” y “Aranmanoth”.

Renacida para la escritura tras los sufrimientos y desengaños pasados, ingresó en la Real Academia Española en 1998, donde se sienta en el sillón de la K mayúscula, siendo una de las solamente siete mujeres que han accedido a la institución, que cumplirá 300 años de existencia en 2013. Junto a las dos escritoras que ocuparon asiento, ya fallecidas, Carmen Conde (1907-1986) y Elena Quiroga (1921-1995), hay que citar a las otras académicas presentes en la actualidad: la escritora Soledad Puértolas, la filóloga Inés Ordóñez, la historiadora Carmen Iglesias y la investigadora Margarita Salas.

Llama la atención que haya, y haya habido, tan pocas mujeres entre los 44 componentes de la Academia. No fueron admitidas Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), primera mujer de la que se tiene constancia solicitó su ingreso, siéndole denegado, Emilia Pardo Bazán, (1851-1921), que pasó a la posteridad como una de las cimas del realismo y naturalismo literario español, pero no como académica, ni tampoco la lexicógrafa María Moliner (1900-1981), cuyo “Diccionario del uso del español” sigue siendo una joya de la lengua, pero que no logró el sillón por el que competía con Emilio Alarcos Llorach (1922-1998), quien sí consiguió acceder.




Ganadora de numerosos galardones literarios a lo largo de su trayectoria, obtuvo, aunque pueda parecer paradójico, el Premio Café Gijón en 1952. El Premio de la Crítica lo consiguió con “Los hijos muertos”, obra que le supuso también el Nacional de Literatura en 1959, año en el que obtuvo asimismo el Nadal con “Primera Memoria”. Logró el Premio Fastenrath de la Real Academia Española con “Los soldados lloran de noche” en 1962, y el Nacional de las Letras Españolas en 2007. Su dedicación a la literatura escrita para niños le supuso el Premio Lazarillo de literatura infantil por “El polizón de Ulises” en 1965, el del Libro de Interés Juvenil, otorgado por el Ministerio de Cultura, en1976, y el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por “Sólo un pie descalzo” en 1984.

Todos los libros que ha escrito giran en torno a los niños, la incomunicación y el paraíso imposible. Magistral dominadora de la narrativa infantil, aclara que la mayoría de sus novelas “no tienen nada que ver con la infancia, sino con lo que todos tenemos que ver con la infancia, la llevamos dentro”. No piensa renunciar a una idea que ha seguido prácticamente como norma: “Sólo los adultos que conservan en su interior algo del niño que fueron se salvan de la mediocridad y de la vileza de sentimientos”.Cuando tenía cuatro años estuvo muy enferma. Sus padres la llevaron a vivir con sus abuelos en Mansilla de la Sierra, un pueblo pequeño en las montañas riojanas. Dice que la gente de aquel lugar la influenció profundamente, y a ella dedicó numerosas páginas de “Historias de la Artámila”, obra publicada en 1961.

Su último libro ha sido uno de cuentos, “La puerta de la Luna”, que hace referencia a la infancia en aquel pueblo, “en aquella casa que tenía una parte trasera con una acústica fenomenal desde la que podía escuchar las conversaciones de los mayores. Allí podía observar el mundo sin participar”. Quiere seguir escribiendo. Mirar y contar. Ver y decir. Asombrada. Como una niña.

“¿Qué soy vieja? A la gente puede parecerle terrible la vejez, pero uno se acostumbra a todo, incluso a uno mismo”.

7 comentarios:

Unknown dijo...

Uno se acostumbra a todo, incluso a uno mismo. Tienes razón, Ana María. Ya mismo busco tu olvidado Rey Gudú.
No sé si alguna vez leerás este artículo de Manuel sobre ti, pero seguro que, si lo hicieras, te emocionaría como a mí me ha emocionado.
Es un placer, cada vez mayor, leerte, Manuel.

Peggy dijo...

Los reconocimientos se agradecen mejor en vida.La creatividad siempre es algo admirable.Seguro que Ana María se sentirá orgullosa de sí misma.Da gusto mirar atrás y ver que va a quedar algo de ti.

Cometa dijo...

Y yo creía que el mono lo tendría a partir del 2 de enero...estaba muy equivocada.

Peggy dijo...

¿Un regalito para esta Navidad algo extraña? Estaría gustosa...

Peggy dijo...

Que en esta Navidad se cumplan todos los sueños,los tuyos, Manuel, los tuyos cpm115,los míos y los de tantos soñadores y soñadoras que andan por el mundo.Que en el nuevo año se respire aire fresco,ojalá traiga muchas sonrisas. Felices fiestas.

Unknown dijo...

Lo mismo te deseo, Peggy.
Y que no perdamos nunca la capacidad de soñar.
Feliz Navidad.

Unknown dijo...

Vuelve.